viernes, 23 de julio de 2010

Cuentos de la Vieja Mecedora

...Ya ha pasado un año desde que os conté mi primer cuento... por eso ahora, para daros las gracias por compartir todo este tiempo de sueños y fantasía quiero mostraros éste, que resume algunos de los que os he contado a lo largo del camino...
1. El trastero


Un tímido rayito de sol se adentraba lentamente aquella tarde por las descolgadas tablas del húmedo trastero, el de la casa grande del centro de la ciudad. En su interior se balanceaba la vieja mecedora soltando, entre suspiro y suspiro, el polvo acumulado en sus patas desgastadas.
Era domingo y, como todos los domingos, los habitantes del trastero se iban acomodando a su alrededor rebosantes de emoción a la espera de que la vieja mecedora les contara una de sus muchas historias. Entonces, suspirando una vez más y haciendo toser de nuevo a todos aquellos viejos trastos empezó a decir:
- En el país de los colores se celebraba una gran fiesta, esto lo sabemos porque una niña pudo asomarse a la única ventana que tenía este país y rápidamente acudió a mi regazo para contármelo, yo he sido confidente de muchos niños y niñas y por esa razón conozco tantas historias.
La fiesta se celebraba para coronar a un color, según la importancia de lo que hubiera creado. Ese año se coronaba al color dorado por haber creado al sol. Para esta gran fiesta todos los colores se habían engalanado con lo mejor: el color rosa lucía un bello traje de gasa y en el pelo una gran pamela; el color blanco, con su gran barba y su bastón, recordaba sus tiempos jóvenes cuando una vez fue coronado por haber creado la nieve...
- ¿Qué es la nieve?,- preguntó la cómoda de caoba.
- Son como algodones menuditos que caen del cielo, - le contestó la persiana.
- Sí, sí, pero están bien fríos y te lo mojan todo. Es muy desagradable,- refunfuñaba al fondo del trastero el paraguas remendado.
- Sigue contando, sigue contando, -insistían todos.
- Bueno, ¿por dónde iba? ¡Ah sí, la fiesta! ... Los más pequeños correteaban por las calles del país, poniendo un poco nerviosa a la señora témpera que ensayaba su repetida zarzuela de todos los años. Al mismo tiempo, en otro lugar algo estaba ocurriendo... Era el carboncillo que se disponía a estropear la fiesta. Quería manchar al sol para evitar la coronación del color dorado. Mientras tanto, un difumino corría velozmente para intentar arreglar el malvado propósito del carboncillo, pero éste fue más rápido y se adentró en el jardín del arco iris con su gran capa negra. Entonces el pobre difumino sólo pudo avisar al servicio de limpieza del país de los colores. Todas las gomas corrieron a montarse en los rollos de celofán, bien preparados con sus cascos. También las ceras y los rotuladores salieron al encuentro del carboncillo.
- ¿Y qué ocurrió entonces?, - interrumpió la caja de costura que era muy impaciente.
- Pues que cuando por fin pudieron detenerlo, los más ancianos del lugar decidieron tener una larga conversación con él para intentar arreglar las cosas por las buenas, y después de haberlo escuchado atentamente, un poco avergonzados, comunicaron a todos los habitantes del país de los colores que la decisión estaba tomada. Era necesario darle al carboncillo una oportunidad para que así pudiera también crear algo y demostrar su utilidad.
- Muy buena idea,- aplaudieron los viejos juguetes-, siempre es bueno dar oportunidades.
-Y entonces el carboncillo creó algo grandioso: hizo la noche, y ante un paisaje tan bello, algunos no pudieron contenerse; el plateado creó las estrellas, el gris la luna... por lo que ese año no pudo ser coronado un sólo color sino muchos, entre ellos el carboncillo. Desde aquel día todos los colores decidieron trabajar juntos, y por eso hoy podemos ver los más bellos paisajes. ¡Ah! y el azul y el rojo se casaron y tuvieron un hijito, ¿sabes cuál?... el lila.
- ¡Cuidado!, se oyen pasos, ¡pronto!, ¡todos a su sitio!
- ¡No temáis!,- dijo aliviado el perchero-, es Rufo, el gato de la casa.
El gato se adentró en el trastero y no dijo nada, porque, como todo el mundo sabe, los gatos son unos animales muy orgullosos, y raras veces dirigen la palabra a un perchero o una silla; así que, con su paso elegante y sosegado, caminó hacia la vieja mecedora y, rodeándola, se acomodó en su regazo. Rufo también era un gato muy fiel y siempre había preferido el regazo de la vieja mecedora, aunque ahora se encontrara en aquel húmedo trastero, al de cualquiera de los nuevos sillones con los que el Señor había redecorado el salón, y, desde luego, la prefería a esa estúpida cesta con cojín en la que la Señora le obligaba a dormir junto a la chimenea. Una vez acomodado en su lugar favorito, no tardó en roncar, lo que animó a los habitantes del trastero a retomar su actividad preferida.
- Bien, chicos, podemos seguir,- dijo la ronca flauta.
- Por favor, cuéntanos la historia del hada sin voz, o la del viejo puente, que son muy bonitas, - suplicaba la gramola-. Todo el mundo sabe que las gramolas prefieren historias antiguas, porque así pueden imaginarse qué música podrían ponerles de fondo; a ésta un tango, a aquélla un pasodoble, y de esta manera consiguen emocionarse aún más con la narración.
- ¡No, ésas no!, que ya las contó la semana pasada, mejor una nueva,- decía dando grandes voces el paraguas remendado desde el fondo del trastero, bien por el placer de un nuevo relato o simplemente por llevar la contraria a los demás, que era una de sus principales aficiones.
- ¿Por qué estará siempre el paraguas de tan mal humor? ¿Es que no puede decir las cosas de otra manera?- le replicó la sombrilla de paseo.
- No siempre fue así,- dijo la vieja mecedora mientras Rufo se balanceaba en su regazo al compás de sus ronquidos-. Tendríais que haberlo conocido cuando era joven, cuando el Señor lo llevaba al trabajo cada día del invierno por si llovía, tan elegante y distinguido. Nunca se enfadaba por nada, pero ahora, relegado al olvido y al desuso es normal que se enfade a menudo.
- Pues tampoco es que se acuerden mucho de nosotros y nunca nos ponemos de esa manera,- puntualizó con voz altiva la sombrilla de paseo.
- ¿Por qué no nos cuentas algo de tu juventud?
- Sí, ¡por favor!,- dijeron al unísono las botas de montar que, como son un par, siempre lo hacen todo de dos en dos.
- Ocurrió hace tanto tiempo,- dijo la vieja mecedora-, cuando yo era sólo un trozo de madera joven y fresca. Jugueteaba con el serrín, que me hacía cosquillas, mientras las manos de un joven se deslizaban sobre mí, dándome forma. Era emocionante no saber cuál sería mi destino... Aquellas manos me redondeaban y alisaban cubriéndome de cola blanca... ¡Uf!, aún recuerdo aquel aroma ácido y fuerte... Cuando por fin me vi convertida en una bellísima mecedora, bien rústica y elegante, fui colocada en el salón, al lado del gran ventanal. ¿Lo recordáis?,- preguntó la vieja mecedora suspirando de nuevo... (Casi todos los habitantes del trastero habían estado alguna vez allí).
- Claro que lo recuerdo,- comentaba el candelabro-. Cuando estaba en el salón tenían que cambiarme continuamente las velas porque se me gastaban de tanto encenderme mientras que ahora las tengo llenas de polvo y torcidas por el calor.
- Y no había día,- suspiraba la gramola -, que no me pusieran discos y más discos, canciones y canciones con las que el Señor y la Señora bailaban en el salón; en cambio, ahora ya no recuerdo ni el sonido de mi aguja sobre un tango o un cha-cha-cha.
- Mis trabajos fueron diversos,- continuó diciendo-, di acomodo al Señor, velé los sueños de la Señora, mecí a los inquietos niños y lucí bien bella ante las múltiples visitas que venían a conocerme, pero, como todas las cosas tienen su tiempo, yo tuve el mío, y ese tiempo se terminó. Ya mis patas no tenían fuerzas y la cola se negaba a pegar. Mi mullido regazo ya no lo era tanto y todo mi cuerpo comenzó a chirriar, cosa que no agradó a los de abajo y fui desterrada a la habitación húmeda y oscura en que ahora nos encontramos. Mi vida cambió para siempre, como cambian las estaciones del año, sólo que parece que a nosotros la que nos ha tocado vivir es el invierno, un invierno sin chimenea ni estufa para calentarnos, ni el calor de las manos sobre la madera.
- ¡Qué lástima!; ¡No somos nada!,- se lamentaba la apolillada cómoda-, mientras al sofá le saltaba otro muelle entre sus cojines descoloridos y empolvados.
Y, poco a poco, mientras el rayito de sol iba cogiendo confianza y se adentraba más en el oscuro desván, la vieja mecedora se quedó dormida.
- ¿Cuáles serían los sueños de la vieja mecedora?,- se preguntaba en silencio el arcón de madera, que había compartido con ella todo aquel tiempo.
- He oído,- dijo la escalera lo suficientemente alto como para despertar a la vieja mecedora-, que mañana vendrá un camión y se llevará todos los trastos del desván porque quieren habilitarlo como habitación de invitados.
- Ya está la aguafiestas dando malas noticias,- le replicó la vieja mecedora.
- No puedo creerlo,- decía la barandilla-, ¿Y dónde llevarán todo?...
- No lo sé; eso no pude escucharlo, al basurero tal vez o harán una gran hoguera... ¿Qué importa? De todos modos sois trastos,- concluyó diciendo la malvada escalera.
De repente, en el interior del desván todos comenzaron a palidecer. Sus habitantes no volvieron a cruzar palabra aquella noche pero todos sabían muy bien del sufrimiento de los demás, y con el primer rayito de sol todos agonizaron de angustia. Era una mañana fría, pero en el húmedo trastero hacía más frío todavía. Se podía palpar el frío de los abandonados, de los que sienten que han perdido la última oportunidad, de aquellos que fueron queridos un día y ahora experimentan el abandono y la indiferencia.
- ¿Qué es ese ruido?, ¿Qué es ese ruido?,- preguntaban las botas de montar.
- Yo diría que es el motor de un camión, de un camión de mudanzas, para ser más exactos,- dijo irónicamente la escalera, mientras sus peldaños parecían esbozar una leve sonrisa.
Las miradas se cruzaban y el crujir de las maderas se hacía insoportable cuando unos hombres corpulentos con monos grises entraron en el desván y comenzaron a cargarlo todo.
- Cuidado, joven, - decía la vieja cómoda-, que yo ya no estoy para estos trajines.
Pero aquellos trabajadores no parecían sensibles a su preocupación y, uno a uno, fueron bajando por la malvada escalera a todos los habitantes del trastero que vieron desvanecerse como el humo la última oportunidad de ser readmitidos en la vivienda principal, junto a los muebles nuevos, por algún capricho de la Señora. Rufo observaba la escena con la aparente indiferencia que suelen mostrar los de su especie, aunque en el fondo sabía que nunca podría encontrar un regazo más cómodo que el de la vieja mecedora. También pudieron comprobar lo mucho que había cambiado la casa desde que los desterraron al trastero. Todo era muy distinto. Parecía otra casa. Desde luego una casa en la que estaban de más.
Una vez apilados en el camión marcharon rumbo a lo desconocido.

2. El Camión


Todo se volvió oscuro cuando aquellos hombres cerraron las puertas. Ni un tímido rayito de sol se atrevía a iluminar aquella especie de cárcel tan estrecha en la que se encontraban. El viaje fue largo y pesado. Todos estaban incómodos y muy angustiados. En el pensamiento de cada uno se podía leer: “Seremos llevados a un basurero; serviremos de combustible para una gran hoguera, nos apilaran al aire libre con otros trastos como nosotros”... Intentaban no mirarse para no angustiarse todavía más, pero cada bache, cada piedra del camino los hacía estremecer y buscar desesperadamente la cercanía de los otros.
Es posible que pasara mucho tiempo hasta que alguien se atrevió a romper aquel silencio que se había convertido en el dueño del camión:
- Por favor, cuéntanos una de tus historias,- suplicó la flauta, ahora ronca por la preocupación, a la vieja mecedora.
- Sí, cuenta algo que nos anime,- decía la gramola.
- Está bien. Os contaré la historia de alguien que también hizo un gran viaje, como nosotros; la historia de Trepo.
- Esa historia no nos la has contado nunca,- refunfuñaba el paraguas.
- Y ¿Qué más da?, No le hagas caso, por favor. Cuéntanos la historia de Trepo,- pidió el diván de raso que ahora sostenía la gramola envuelta en una manta de viaje.
- Hubo una vez un mundo,- dijo la vieja mecedora con la voz temblorosa por el miedo -, y en el mundo un país, y en el país una montaña, y en la montaña un lago con una isla, bueno era más bien una islita, porque era pequeña, llena de juncos altos y fuertes; pero en el centro de la mate de juncos había uno pequeño aún. Su nombre era Trepo. Trepo era feliz en su isla: saludaba al sol por las mañanas, aprendía a mecerse con el aire, se alimentaba del agua del lago y la tierra blanca de su pequeña isla. Hablaba con otros juncos, pero al final del día ocurría lo que más le gustaba... Con la noche llegaban sus amigas las estrellas y la luna. Sabía quien era y se sentía feliz siendo junco, con su montaña y los demás junquitos.
Pero un día llegó una mariposa de colores, muy alegre, como todas las mariposas, y presumida, como todas las presumidas, y comenzó a halagar a Trepo... Le dijo que su color era precioso, que era el junco que mejor se movía con el viento, que era el más alegre de la isla... Pero también le dijo que aquel lago era horrible, que su montaña era demasiado pequeña y sus amigos, los juncos, resultaban vulgares. Le contó que en el bosque en que ella vivía todo el mundo era más elegante y feliz y todos admirarían a un junco tan alegre y tan guapo como Trepo.
La mariposa se marchó pero los pájaros de las dudas llenaron el corazón de trepo que ya no era feliz con su lago. Su montaña ya no le parecía hermosa y no volvió a hablar con las estrellas ni la luna porque todo resultaba demasiado poco para el junco más especial de aquel país. Trepo se fue volviendo antipático y orgulloso, y decidió marcharse al bosque del que la mariposa de colores le había hablado. Atravesó el lago, la montaña y lentamente se internó en un bosque espeso y oscuro en el que, al poco rato, encontró a su amiga la mariposa de colores, que fue presentándole, uno a uno, las setas, los árboles, los animalitos... Y tal como ella había dicho, todos admiraron mucho a trepo ( entre otras cosas porque, como todo el mundo sabe, en los bosques no hay juncos, y él resultaba la planta más exótica que habían visto nunca). Pasó un día, una semana, un mes, tal vez un año, en el que Trepo se fue sintiendo cada vez más solo, porque los habitantes de este bosque se habían acostumbrado a ver a nuestro junquito, y cada vez les fue pareciendo más vulgar y menos exótico. Siempre que intentaba hablar con alguien recordaba las largas charlas con el resto de sus amigos los juncos, y lo bien que sabía el agua del lago o como brillaban las estrellas que en el bosque no podía ver nunca por las tupidas ramas de aquellos árboles.
- A mí siempre me hubiera encantado visitar un bosque,- interrumpió la sombrerera.
- ¡Calla!, ¿No ves que está muy interesante?- dijo la mesa-camilla - ¿Qué ocurrió entonces?
- Pues que entonces, solo y mustio, decidió volver a su isla; pero a medida que se iba acercando vio que el lago casi se había secado y que sus amigos los juncos estaban languideciendo de tristeza desde que se fue. Hasta su montaña parecía ahora más pequeña. Pero en cuanto Trepo ocupó su lugar, todo volvió a ser tan hermoso como antes; el lago volvió a llenarse de agua y los juncos se agitaron con el viento, las estrellas acudieron para cantarle, y la luna, como antes, lo abrazó. No había nada de vulgar en aquella isla y su lago, en aquella montaña, en aquel país o aquel mundo, y Trepo comprendió que todo aquello era importante. Desde entonces en el lago, cuando todos duermen, entre el susurro del viento se puede oír la voz de Trepo, el pequeño junco, hablando con el viento. Esto nos enseña que la felicidad está dentro de cada uno.
- Es verdad,- suspiraba la ronca flauta,- pero resulta tan difícil ser feliz sin saber a dónde nos llevan ni qué será de nosotros.
- ¿Será verdad lo que contó la escalera antes de marcharnos?, ¿Sólo quieren deshacerse de nosotros porque ya no les servimos?,- preguntaba angustiada la cómoda.
- No penséis ahora en eso. Esa escalera nunca nos ha querido demasiado, porque hubiera preferido ser la escalera del salón o de la entrada de la casa, nunca pudo soportar ser la escalera del trastero,- sentenció el reloj de cuco.
- ¿Por qué no nos cuentas otra historia?,- dijo el biombo de caña.
- Sí, eso, una que nunca nos hayas contado, -suplicaba el candelabro.
- Algo que nos haga olvidar a la malvada escalera; ¿habrá algún lugar en el que se pueda vivir sin escaleras?,- meditaba en voz alta el diván.
- Bueno, está bien,- dijo la vieja mecedora -, os puedo contar la historia de alguien que aprendió a vivir sin escaleras y, lo que es más importante, a no desalentarse ante nada, aunque pudiera parecer que lo tenía todo perdido, como nosotros ahora, a ver si así os convencéis de que si estamos todos juntos, no debemos sentir miedo, y de que la ilusión siempre vence al desaliento: Era un día de invierno, de esos que huele a Navidad y el frío empaña los cristales, cuando las narices se ponen coloradas y las manos lilas. Paseaba por aquella ciudad un aprendiz de carpintero (digo aprendiz porque nunca se domina un oficio por completo) que observaba los edificios y sus detalles; las puertas, las ventanas, los tejados... y suspiraba por llegar a ser algún día el mejor de todos los arquitectos de la madera. Pensaba: “algún día haré la puerta de una catedral o quizás las ventanas de un famoso museo” y así, soñando con las bellezas que iba a hacer llegó a su destino.
En ese preciso momento la mecedora tuvo que detener su narración porque el camión tomó una curva muy rápido y todos los habitantes del trastero, ahora del camión, se vieron bruscamente desplazados.
- ¡Qué barbaridad!, a ver si tiene más cuidado,- gritó el escritorio de nogal como si el conductor pudiese oírle...
- Eran tan bonitos los trabajos que realizaba con la madera,- prosiguió la mecedora-, que un día el rey lo llamó a palacio para hacerle un encargo muy importante. Tenía que construir las escaleras más grandiosas de la historia. Estas escaleras servirían de acceso al museo principal de la ciudad; el museo de los sueños por realizar.
El aprendiz de carpintero se introdujo en aquel maravilloso museo que aún no se había inaugurado para poder verlo y construir unas escaleras adecuadas. Recorrió salas y salas de sueños por realizar mientras pensaba en su futura gran obra... Les pondría peldaños de ocho centímetros y dibujos de dragones; el tono de la madera sería marrón rojizo o color miel, cuando, de repente, un sueño por realizar llamó poderosamente su atención. Era el sueño de un ser diminuto (que no es una persona pequeña) que nunca podía ir al cine, los teatros, los museos, hospitales sin ayuda, porque no podía subir escaleras. Algo ocurrido en el pasado se lo impedía, y eso hacía que no se sintiera feliz. Nuestro amigo se quedó muy pensativo con este sueño; tanto que estuvo pensando en él toda la noche...
Llegó el día de la inauguración y el rey se vistió con sus mejores galas y todo el pueblo estaba allí, impacientes por contemplar las majestuosas escaleras que el rey les había prometido. Pero cuál fue su sorpresa al ver que aquello no eran escaleras sino una enorme y horrorosa rampa. “Que venga inmediatamente a mi presencia el constructor de escaleras”,- dijo el rey al borde de la histeria. Cuando el joven carpintero llegó, el rey, más y más acalorado le gritó: “Cómo te has atrevido a contradecir mis órdenes...”, y él, emocionado, sólo pudo responder: “Majestad, las escaleras no son lo importante, yo he conseguido realizar un sueño”. Pero el rey, muy enfadado, lo desterró a una isla lejana, destruyó la enorme rampa y mando nuevamente a construir unas escaleras.
- ¡Qué historia tan triste! Para mí que ésta no va a animarnos en absoluto,- se quejaba malhumorado el paraguas.
- ¿Puedes dejarla terminar?, ¡Qué impaciencia! - dijo la flauta.
- El rey estaba muy contento con sus escaleras nuevas, y cada año visitaba su museo sin darle importancia a los sueños por realizar. Le divertía mucho subir y bajar sus escaleras, pero también cada año le pesaban más y aquellos peldaños se hacían más y más altos hasta que un día fueron inalcanzables para él y recordó al constructor de rampas que una vez había desterrado. Entonces avisó a sus guardias: “Pronto, buscad al constructor de rampas y traedlo a mi presencia”. Cuando los soldados llegaron a la isla, descubrieron con sorpresa que aquel lugar inhóspito e inaccesible se había convertido en la ciudad de las rampas y todos sus habitantes tenían acceso a todos los lugares sin ninguna dificultad. “Constructor de rampas”, gritaron los soldados, “el rey os reclama a su presencia”. Llegó por fin a la ciudad y el rey se llenó de alegría al verlo de nuevo. Entonces le dijo: “Creo que me equivoqué, y que los sueños son más importantes que estas estúpidas escaleras. Quiero que, de ahora en adelante seas el constructor oficial de rampas de este reino y que todas las escaleras queden abolidas”. Todavía quedan en el mundo constructores de escaleras, pero gracias a los constructores de rampas muchos sueños pueden hacerse realidad.
- ¡Ves como termina bien, aguafiestas!,- dijo la ronca flauta al paraguas que miraba en otra dirección para no darse por aludido.
- ¡Qué bonito sería un mundo sin escaleras!,- suspiraba la cómoda.
- Todas las escaleras no son iguales. Lo que ocurre es que la de nuestra casa era una envidiosa,- carraspeó la palangana que estaba algo acatarrada por la humedad.
- ¡Ya me duelen todos los huesos! ¿Dónde nos llevarán?,- preguntaba el destartalado armario.
Pero nadie podía contestarle, porque aquélla era la pregunta prohibida, la única pregunta que nunca se debe hacer a un grupo de trastos metidos en un camión con rumbo desconocido, aunque cualquier respuesta hubiera sido preferible al silencio, aquel silencio que, curva a curva, iba creciendo lentamente, llenando de nuevo los escasos espacios vacíos que quedaban entre tantos muebles apilados. Sólo había algo más insoportable todavía que el silencio dentro del camión, y era la sensación de cárcel, de ausencia absoluta de libertad, lejos de su dueño, el que un día los compró, flamantes y limpios en una tienda de muebles, aquel dueño, que antes los amó tanto y ahora los había relegado a la peor de las muertes posibles, la del olvido.
- Es terrible esta sensación de estar encerrado. Creo que no podré soportarlo ni un minuto más. Me asfixio. - Lloraba el diván.
- Nadie debería nunca pasar por esto. Recuerdo la historia de aquella niña que nos contaste en otoño. - Dijo la flauta.
- ¿Qué historia?,- dijo el perchero intentando aliviar la tensión.
- La de la princesa que quiso escapar de su palacio,- respondió la flauta.
- Está bien, está bien,- carraspeó la vieja mecedora -. Veamos. Dejad que haga memoria. ¡Ah!, sí, la historia de la princesa que quería ser rana.
- ¿Quién podría querer ser una rana? ¡Valiente tontería!,- refunfuñó el paraguas.
Pero una nueva curva desplazó a todos de nuevo; la vieja gramola casi se cayó del diván, el candelabro terminó de rayar la deteriorada madera del arcón y el paraguas estuvo a punto de perecer aplastado por la cómoda.
- Bueno, de acuerdo,- dijo el paraguas temblando por el susto - recuérdanos la historia de ese sapo.
- Rana,- rectificó la flauta.
- Sapo o rana, ¡qué más da!
- Esta es una historia de hadas, pero distinta a todas las demás,- aclaró la vieja mecedora -. En esta historia había una ciudad grande, como todas las grandes, y mágica, como todas las mágicas, y dentro de la ciudad un hermoso palacio en el que vivía una linda princesa.
Estaba rodeada de todos sus súbditos; un pequeño hombrecillo vertido de colores que saltaba continuamente a su alrededor intentando hacerla sonreír con un estúpido sombrero de cascabeles que sonaban y sonaban al compás de sus torpes movimientos, dos damas de compañía, de culo gordo y mirada distraída, que hacían de sus días un auténtico aburrimiento... Nuestra pequeña princesa suspiraba tras una de las ventanas de su hermoso palacio y soñaba que era una niña normal, jugando con otros niños, que podía comer con las manos y mancharse de barro; podía meter los pies en los charcos y llenarse la nariz con el almíbar de los caramelos. Mientras suspiraba, el pequeño hombrecillo saltaba a su alrededor irritando más y más a nuestra princesa. .. Pero: ¿Qué estaba sucediendo al otro lado de la ciudad? Otra niña soñaba con ser princesa y tener vestidos de puntillas rosas y lazos en el pelo, llevar tirabuzones y tomar finos pasteles; dar clases de francés y ser admirada por toda la corte... Y entonces, algo extraño sucedió. No sólo sus pensamientos se cruzaron, saltando chispas de mil colores, sino que sus deseos se convirtieron en realidad.
De repente nuestra princesa se encontró en medio de la gran ciudad, rodeada de niños que tiraban piedras a las ventanas de un viejo almacén. “¡Qué divertido es esto!”, pensó la princesa, y comenzó a tirar piedras a las ventanas. Tengo que decir que, para no haberlo hecho nunca, tenía muy buena puntería. Saltó en los charcos, tomó dulces, se manchó de barro, corrió, cantó y fue feliz, pero al llegar la noche, se sintió sola y perdida. Todos los niños de la ciudad volvieron a sus casas y ella vagó por aquellas oscuras calles. No tenía miedo, porque sabía que cuando el sol asomara por las montañas, todo volvería a ser como el día anterior, y jugaría, correría y no tendría que volver a soportar a sus odiosas damas de compañía, al estúpido hombrecillo y los trajes llenos de puntillas y adornos que tanto la incomodaban. Y decidió no volver a pensar en lo que un día le tocó ser, una princesa sin corona, porque, a ella, lo que le gustaba realmente era ser una rana. Es mejor ser rana y bañarse en una charca que ser princesa y hacerlo en una bañera de plata.
- Eso es lo que siempre he dicho,- dijo aliviado el diván.
- ¡Pero si tú no has visto una charca en tu vida!,- replicó la gramola.
- Lo que quiero decir es que es siempre preferible ser libre y pobre a vivir encerrado aunque se esté cubierto por un mantón de Manila,- puntualizaba el diván mientras el camión tomaba precipitadamente otra curva.


3. El Almacén


De pronto el camión se detuvo, con el consiguiente desplazamiento y choque de todos sus sufridos habitantes. Se abrieron las puertas y todo se inundó de luz. Aquello era una auténtica bendición después de tantas horas de oscuridad. Aunque al principio costó un poco acostumbrarse, era maravilloso recibir, de nuevo, la caricia del sol.
- ¡Qué bien!, por fin aire fresco,- suspiró el perchero.
- Creo que estoy mareada,- se quejaba la gramola, que ya se había caído del diván.
Subieron unos hombres con monos de trabajo y comenzaron a bajarlos de uno en uno. En la puerta de aquel almacén había un gran cártel en el que podía leerse:”Restauración de muebles usados”.
- Quizás no sea tan malo como pensaba,- dijo tímidamente el reloj de cuco, mientras uno de aquellos operarios procedía a bajarlo del camión de mudanzas.
Era un almacén limpio, ordenado, nada que ver con el cuartucho gris y empolvado en el que habían vivido hasta entonces. Con mucho cuidado los fueron colocando de forma espaciosa, para que pudieran ser observados desde cada uno de sus ángulos y apreciar con claridad el deterioro que el tiempo o el desuso habían causado en ellos.
Pasaron unos minutos, cuando un viejo artesano acompañado de dos jóvenes aprendices comenzaron a decir: “todos estos y los de el sótano son para restaurar. Los limpiaremos, encolaremos, barnizaremos y a los que tengan carcoma los curaremos”.
- ¿Para qué van a servir estos muebles?,- dijo uno de aquellos jóvenes.
- Para el Hogar de Niños de la calle Larga.
En cuanto el artesano y los aprendices desaparecieron, no pudieron ocultar su alegría y todos los habitantes del antiguo trastero comenzaron a saltar y bailar. La ronca flauta tocó una bella canción; el reloj de cuco marcó las horas felices intensamente y todos rieron sin parar.
Los artesanos los dejaron tan bonitos como recién salidos de una tienda de regalos y los colocaron el Hogar de Niños luciendo muy bellos. Allí el sol entraba sin ninguna timidez, resaltando aún más su belleza, y cada uno ocupó el lugar que le correspondía para ejercer su función lo mejor posible.
Al llegar la noche, estaban tan cansados por las emociones, que la vieja mecedora tuvo que contar otra de sus historias para que pudieran conciliar el sueño.
- Ocurrió hace mucho tiempo. En la tierra de los elfos y las hadas vivía una pareja de duendes, de esos de orejas picudas y zapatos con cascabel (los de la suerte). Estaban tan enamorados y era tan grande su amor, que desearon fuertemente tener un duendecillo o una pequeña hada. Pasó el lógico tiempo de intriga, ilusiones y miedos hasta que, por fin, nació un hada preciosa que iluminó su hogar, un roble antiguo del centro del bosque, con toda clase de risas y juegos. Transcurría el tiempo, y aquella pareja de duendes decidió darle a su hada pequeña un hermanito o hermanita, y de nuevo tuvieron un hada, igual de maravillosa que la primera, por lo que fueron eternamente felices jugando en su árbol y compartiendo la vida... Pero como no hay dos sin tres y el gusanillo de amor no les dejaba tranquilos, nuevamente, nuestra pareja de duendes, volvió a engendrar. En esta ocasión fue un embarazo distinto. Sintieron algo muy especial y su felicidad aumentaba por momentos. Estaban ansiosos por ver la carita de su próxima hada o duende, pero cuando por fin llegó el día esperado su sorpresa fue enorme, porque no llegó ni un duende ni un hada: se trataba de una personita diferente a las demás, de un ser nuevo...
- Como nosotros,- dijo emocionada la cómoda - ahora brillante por el barniz.
- No,- replicó la vieja mecedora - nosotros estamos restaurados, pero aquel era un ser totalmente nuevo y diferente a los demás. Tal vez por eso entonces los ojos de aquella pareja de duendes se llenaron de lágrimas y sus corazones se cubrieron con un velo de tristeza, porque los vecinos de su bosque no les daban la enhorabuena. Sólo sabían compadecerlos... hasta que el Espíritu de la Vida les arrancó el velo de tristeza y secó sus lágrimas; entonces, sólo entonces, se abrieron sus ojos y vieron lo increíble: habían tenido una preciosa Ninfa.
- Explícanos qué son las ninfas,- suplicó la gramola.
- Las Ninfas son seres especiales, reservados exclusivamente para duendes que miran con el corazón y merecen recibir el Amor que éstas llevan dentro, que es mucho. Por eso en la tierra de las ilusiones perdidas su llegada no se recibió bien, porque sus habitantes son incapaces de apreciar la ilusión y la eterna inocencia que vive en sus ojos. En aquel antiguo roble del centro del bosque reinó para siempre la alegría y la esperanza... Dicen que cuando parece que en la tierra ya no vive la inocencia, siempre quedan dos duendes y dos hadas que sonríen, porque saben la verdad: los ojos de su pequeña Ninfa pueden devolvérsela al mundo.
Entonces, lentamente, todos se fueron durmiendo, pensando tal vez en alguna pequeña ninfa o más bien en la enorme suerte que habían corrido después de hacer tan largo viaje. Es curioso el destino. Los que habían ocupado aquel viejo trastero de la casa grande del centro de la ciudad, apilados y cubiertos de polvo, se adormecían ahora brillantes y limpios, como recién comprados. Sólo faltaba la presencia de Rufo, aquel gato elegante que paseaba por el trastero casi de puntillas, y por supuesto la de la escalera, siempre portadora de malas noticias.
Amaneció al día siguiente. Eso no fue raro porque amanece todos los días, pero había algo que hacía distinta esa mañana a todas las demás; no era el olor de las tostadas, porque también en su antigua casa olía así justo antes de que el Señor marchara a trabajar o de que los niños se fueran al colegio con la cartera y el bocata de mortadela para el recreo, ni eran los rayitos de sol, que inundaban completamente el hogar para niños.
- ¿No notáis algo distinto esta mañana?, - preguntaba entre bostezos la gramola que había quedado preciosa con sus capas de barniz.
Pero ninguno de sus viejos amigos sabía qué contestarle. Era como si al mismo tiempo todo fuera igual y distinto que el día anterior cuando los operarios de mudanzas los estuvieron colocando y limpiando con mucho cuidado.
Ocurrió algo, en aquel momento, que les hizo caer en la cuenta de la novedad, porque tras el desayuno, todo se inundó de niños; niños que jugaban entre ellos, que se sentaban en los sillones, descalzadoras, en los antiguos pupitres de madera; niños que ponían discos en la gramola, que ya casi había olvidado su propio sonido a causa del desuso; niños que devolvían la utilidad a los antiguos juguetes, que colgaban sus ropitas en los armarios o se acunaban lentamente en la vieja mecedora murmurando, entre dientes, sus secretos y confesiones; niños que miraban ansiosos al viejo reloj esperando que marcara la hora de comer o de jugar. Ésa era en definitiva la gran diferencia, los niños y la manera especial y mágica en que los niños trataban a los antiguos habitantes del trastero. No era que nunca antes hubieran visto niños, (en su casa anterior también había niños, los hijos de los dueños) pero, tal vez por tener demasiadas cosas, o poco tiempo para jugar entre las clases de equitación y de esgrima, nunca les habían hecho mucho caso.
Por primera vez se sintieron queridos, y los niños debían sentir algo similar, porque nunca los trataban mal o porraceaban sus puertas. Aquellos viejos trastos eran únicos para los niños del Hogar de la calle Larga, como aquellos niños eran únicos para ellos. Es curioso como las horas se hacen más cortas cuando juegas con un amigo en lugar de permanecer empolvado y gris en un rincón, cómo puede cambiar el color del sol o la leve corriente de aire que se cuela por debajo de las puertas. Todo puede ser diferente; un viejo paraguas, gruñón y malhumorado, puede convertirse en la espada de un capitán pirata, una sombrilla de paseo puede ser un paracaídas extraordinario, todo puede tomar nueva vida cuando los ojos de un niño lo iluminan.
Pasó la mañana y la tarde entre risas, juegos y confidencias, y llegó la noche, pero no llena de nostalgia o temor como pasaba antes, en el camión o en aquel húmedo trastero, la noche llegó como la carta esperada del amigo o la fiesta de cumpleaños. Todos, en medio del silencio, se dispusieron a compartir su segundo día entre niños.
- Es una suerte que nos hayan traído aquí, - dijo la Vieja mecedora -, los niños no han dejado de balancearse en mi regazo ni un solo momento. Me parece que alguno de ellos ha estado a punto de contarme algún secreto.
- Si que es una suerte, - carraspeaba emocionado el paraguas que ya no estaba remendado porque le habían puesto una tela nueva -. Han estado jugando conmigo todo el día, hasta se han peleado por mí, ¡y yo que ya no recordaba el calor que producen unas manos cuando te sostienen!
- Está usted irreconocible, - le replicó, como siempre, la sombrilla de paseo - con tan buen humor, tan alegre.
- Todos estamos irreconocible, - suspiró el perchero -, yo casi no recordaba el peso de algo colgando sobre mí, ni el sentimiento de ser útil para alguien, ¡tanto tiempo pasé sólo siendo en trasto arrinconado!, ¿para qué sirve un perchero del que no se cuelga nada?
- Pues yo también estoy muy contenta, - dijo la sombrerera -, porque aunque sigo sin guardar ningún sombrero, una niña pelirroja me ha llenado con sus tesoros: una piedra mágica del río, cinco plumas de un pato amigo suyo que conoció en una casa de acogida, la foto de su actor favorito, dos gomas para el pelo y un diario.
- ¡Un diario, un diario!, - exclamó la gramola -, cuéntanos lo que ha escrito en él, igual puedo ponerle música.
- No seas cotilla, - respondió la sombrerera - un diario es un documento privado.
- ¡Hacía siglos que no lo pasaba tan bien!, - dijo el arcón de madera -. Hoy he sido una casa de muñecas, un tren, una piragua que descendía por el río y un coche último modelo, nunca hubiera creído lo que puede hacer la imaginación de in niño.
En esta conversación andaban cuando escucharon un sollozo. Era un sollozo pequeño, casi un susurro, que venía del fondo de la estancia. Un niño pequeño, de unos cuatro años, lloraba desconsoladamente por su mamá, y lo hacía como si todos los ríos del mundo se desbordaran en sus ojos.
- ¿Qué ocurre?, ¿Qué ocurre?,- preguntaron a dúo las botas de montar.
- ¡Psss!, ¡Qué os va a escuchar!,- increpó la gramola.
- Los humanos no pueden oír nuestra voz,- dijo la vieja mecedora -, este niño, como todos los del Hogar, ha perdido a su familia, por eso llora. Están tan necesitados de cariño como nosotros y hemos de tratar de animarles hasta que encuentren un nuevo hogar.
Entonces todos fijaron de nuevo sus ojos en el niño, que muy despacio, comenzó a secarse las lágrimas, como si pudiera percibir todo el amor que aquellos viejos trastos le trasmitían, porque el amor, como la gripe, se contagia y puede curar el corazón más enfermo del mundo.
- Pobrecitos, - no han tenido suerte estos niños, -suspiraba la flauta con la voz rota de emoción.
- Pero tú sabes, - sentenció la vieja mecedora - que en la vida las cosas pueden cambiar. Por muy mal que vaya todo siempre hay una esperanza para el que ama.
Sin poder explicarse muy bien por qué y como ya había ocurrido otras muchas veces, aquel niño se levantó frotando sus ojos enrojecidos, miró a su alrededor con miedo de que alguien le observara (ignorado las miradas de todos estos amigos) y comenzó a caminar por la habitación.
- Creo que se acerca. Tal vez es que él sí puede escucharnos, - dijo resoplando la ronca flauta.
- Tal vez sea que puede sentir nuestro amor, - murmuró desde el rincón el diván.
Muy despacio, el niño fue pasando sus deditos por la superficie brillante de aquellos seres recién estrenados y, uno a uno, los observó, detenidamente, como si pudiera sentir todo el amor del mundo, el que se puede acumular durante años en el olvido de un trastero, apuntaba hacia él. Todos ellos compartían su dolor, porque sabían de la soledad y sus miserias, porque el olvido puede acabar por cubrirnos como el polvo de un desván. A través del tacto de sus nuevos amigos comenzó a sentirse más tranquilo en medio de su dolor, como si se sumergiera en un baño de agua caliente.
Después de su paseo la vio, allí, en medio del salón, como una invitación a la ternura, y no pudo resistirse. Caminó hacia ella, sin la seguridad de Rufo, pero con la paz del que lo ha perdido todo y sólo quiere descansar. Ella lo acunó lentamente en su regazo ante la atenta mirada de todos que no se atrevían a interrumpir aquel momento mágico y misterioso. Al poco rato se quedó dormido.
Muy bajito, meciendo con ternura a su nuevo hijo, la vieja mecedora comenzó a susurrar: “Ocurrió hace mucho, mucho tiempo...

sábado, 26 de junio de 2010

Los habitantes de las baldosas


Todo pasaba con la normalidad que tienen los habitantes de las baldosas. Una normalidad muy pequeñita, ellos aman en pequeñito, comen poquito, hablan muy bajito y todo en su mundo es pequeñito y bajito pues tienen que pasar desapercibidos para poder vivir sin ningún peligro exterior.
Estos seres son muy diminutos, son prácticamente imperceptibles para el ojo humano, y digo casi, y digo bien, pues en esta historia que paso a contaros alguien logró verlos, asomándose a la única entrada que tenía el país y lo hizo sin ser consciente de lo que hacía.
Los habitantes de las baldosas de esta historia vivían en las baldosas de la cocina, pero pueden vivir en las del salón, los dormitorios, los cuartos de baños, el jardín… Pero dependiendo de en qué baldosas vivan así eran sus costumbres, trabajos, alimentación…
Nuestros diminutos amigos estaban recién llegados a la cocina pues anteriormente habían vivido uno en el salón y la otra en un despacho, pero al unir sus vidas se marcharon a la cocina. Estos diminutos seres tenían por nombre Peque Jo y Peca Mar y eran muy felices. El carácter de los habitantes de las baldosas es alegre, cantarín , son trabajadores natos, ordenados y muy positivos.
Pues una alegre mañana de verano Jo y Mar después de arreglar su baldosa invitaron a sus familiares a conocer las baldosas de la cocina. Estaban muy contentos porque iban a recibir visita en su hogar.
En el piso de arriba la cocinera pelaba patatas para preparar una gran tortilla que serviría junto con una sopa de comida para toda la familia. Estaba cansada, sus días eran una verdadera rutina y acababa tan agotada de cocinar y limpiar toda la cocina que no tenía nunca tiempo de sentarse a leer un buen libro, con todos los que tenían en casa. Al levantarse para lavar las patatas ya peladas se cayó justo encima de la baldosa de nuestros amigos Jo y Mar un trocito de monda de patata. La cocinera, contrariada por su torpeza, se agachó refunfuñando, pues agacharse no le gustaba nada ya que sus viejas piernas le habían jugado en más de una ocasión algunas malas pasadas al levantarse. Pudo darse cuenta que la baldosa en cuestión estaba algo movida y con arenilla. Entonces lo tuvo muy claro;
-“Por aquí tiene que haber hormigas o cucarachas”, pensó,“ prefiero las hormigas, pero cuando termine de cocinar ya veré como soluciono el problema, no quiero que mi cocina se llene de bichos” y continuó cocinando.
Jo y Mar no pudieron escuchar las intenciones de la cocinera porque sus oídos eran demasiado diminutos para escuchar a tanta distancia y prosiguieron con sus quehaceres canturreando y jugueteando.
El día pasó sin ningún contratiempo, la chica que limpiaba la casa de los que vivían arriba, limpió la cocina fregando el suelo, dando por finalizada las tareas del día, cuando esto ocurría, los habitantes de las baldosas tenían que correr unos teloncitos impermeables para que sus aposentos no se inundasen y cuando el reloj marcaba el tiempo de secado volvían a desplegarlo para que el aire y la luz entraran por las diminutas rendijas de su baldosa.
Jo y Mar estaban pensando en aumentar la familia pero querían vivir un tiempo en esta baldosa de la cocina para comprobar su seguridad, no querían precipitarse en la decisión más importante de sus vidas, y mientras esperaban el tiempo oportuno, todo transcurría con normalidad.
Los habitantes de las baldosas duermen muy poquito y siempre lo hacen apoyados uno contra otro, con las piernecitas en alto, solo utilizan un diminuto cojín ovalado para sentarse. Mientras los habitantes de arriba seguían con sus rutinas diarias, la cocinera pasaba sus días cocinando y dando de comer a todos y también escuchando las confidencias de unos y otros (es que a los seres grandes nos encanta relatar nuestros problemas y alegrías al calor de una cocina con una buena taza de café o chocolate, a ser posible acompañadas de algo para mojar).
La cocinera estaba muy triste y pensaba dejar de trabajar en la casa que tantos años había dado trabajo, cobijo y cariño tanto a ella como a su madre tiempo atrás porque las cosas habían cambiado mucho por allí y ya no se sentía bien, ni era feliz con la vida que llevaba. Pasaban los días y nunca ocurría nada nuevo. Pensaba que la vida se le escapaba entre aquellas paredes. Nunca había visto el mar, ni había viajado, solo cocinaba, cuidaba de los pequeños y escuchaba los problemas de los otros trabajadores y las quejas de los dueños. Todo eso la estaba sumiendo en una profunda tristeza, necesitaba conocer otros lugares y sentir que su vida servía para algo más que freír pescado o escuchar problemas mientras intentaba leer la novela que tenía abandonada por falta de tiempo. Aquella tarde estaba dispuesta una vez terminada sus tareas hablar, primero con sus compañeros y después con sus jefes… pero ocurrió algo que lo cambió todo.
Pululando por la cocina, tropezó con la baldosa una vez más y decidió levantarla. Al hacerlo no podía dar crédito a lo que sus ojos creyeron ver y corrió al despacho del Señor a coger el juego de lupas y las utilizo una por una y al llegar a la de mayor aumento, entonces pudo comprobar con asombro que allí vivía una familia;
-“ Pero…. es imposible”, pensó,” son diminutos” y al inclinarse para intentar localizarlos pudo darse cuenta que había dos seres allí dentro y que estaban preparando una bonita fiesta. Tan absorta estaba mirando aquel fascinante mundo que se olvidó de que podía verlos sin utilizar la lupa y escuchando unos pasos que se acercaban cerró de un golpe la baldosa.
Cuando los niños salieron de la cocina, la cocinera asegurándose de no ser interrumpida volvió a abrir la baldosa en cuestión para poder ver a aquellos pequeñísimos seres. Y así lo hizo, quedándose nuevamente embelesada.
Estaba muy sonriente observando a aquellos diminutos seres cuando un tímido rayito de sol la sorprendía con el nuevo día .
-“Uff” , había pasado toda la noche mirando dentro de la baldosa y se le había pasado el tiempo sin darse cuenta, aquellos pequeñitos habitantes de la baldosa tenían algo especial que la hacían sentirse muy feliz con tan solo mirarlos y comenzó a preparar los desayunos de la casa canturreando como hacía ya años que no lo hacía.
Los días pasaban y la cocinera no dejaba pasar ninguno sin visitar a los habitantes de la baldosa de su cocina, sentía que desde que lo hacia sus días eran mejores su carácter había cambiado, estaba más positiva, más alegre y todo lo veía con una mirada más optimista.
Esa tarde, cuando estaba asomada, pudo ver como por una minúscula escaleritas de cuerdas se deslizaban otros seres muy pequeñitos y todos se besaban y abrazaban intercambiando regalos y cariño. Esbozó una risita de alegría que sin saber cómo fue escuchada por aquellos pequeños que con asombro miraron a la cocinera que trataba de esconderse para no asustarlos. Cuando Jo la vio le preguntó que si hacía mucho tiempo que estaba allí. La cocinera no podía dar crédito, podía escucharlos y algo nerviosa respondió que días y noches.
-“Pero… en mi mundo eso es mucho tiempo”, dijo Jo.
La cocinera pidió disculpas por haber sido descubierta fisgoneando pero entonces mar se apresuró a decirle que no pasaba nada, que ella ya no podía ser peligrosa para ellos porque si podía escucharlos era porque su corazón se había transformado y había absorbido toda la energía positiva que desprendían. Pero que debería tener cuidado pues si alguien de la casa descubría su hogar correrían verdadero peligro. La cocinera los tranquilizó y prometió no ser tan curiosa y estar siempre muy atenta a aquella baldosa para que nunca tuviesen problemas.
Su vida dio un giro tan grande que decidió quedarse en la casa pues ahora tenía una pequeña familia a la que cuidar y proteger de los riesgos exteriores.
Y gracias a estos seres pequeños pero de grandes sentimientos y mayor corazón empezó a ser feliz y a valorar las cosas pequeñas que en realidad son las que te llevan a hacer las cosas grandes.
Ah!.. Cuando friegues, escurre bien la fregona y no dejes charcos puedes inundar las casas de los seres diminutos

lunes, 14 de junio de 2010

Pedro y las hormigas


Salió a su jardín a jugar con una pelota que le habían comprado y, como siempre, pasados unos minutos la dejó abandonada en un rincón.
Entró nuevamente en casa y con cara de aburrimiento preguntó a su madre que andaba muy atareada haciendo la comida;
-“¿Qué hago?... me aburro".
Su madre, casi sin mirarlo, le dijo que podía leer un libro, ver la tele o jugar en su habitación. Pedro salió refunfuñando y asqueado de la cocina porque los planes de su madre no le interesaban lo más mínimo. De camino a su cuarto tiró una silla, empujo el cochecito de su hermana, puso sus sucias manos en los cristales y descolocó todos los cuadros de la escalera que decoraban la pared hasta entrar en su desordenado cuarto. Una vez allí lo único que se le ocurrió fue mirar por la ventana a ver si llegaban sus hermanos y, como no llegaban, se puso a desordenar más su cuarto, cosa que irritaría a mamá y disgustaría mucho a papá pero era su única manera de divertirse, eso y meterse con sus hermanos, claro ; una pequeña princesita de pelo rizado y dos hombrecitos mayores que él que estudiaban y ayudaban en las tareas a mamá. Como eran mayores tenían que respetar que él era más pequeño, aunque se quedaran con ganas de soltarle un sopapo en más de una ocasión.
Pedro no había ido a clase esa mañana porque tuvo que ir a ponerse una vacuna y el día se le estaba haciendo muy largo, así que de nuevo bajó al jardín a jugar con su nueva pelota. Al cogerla se dio cuenta de que por su pelota subían hormigas…
-“¡Qué asco!”, se dijo, y se dispuso a matarlas una por una pero pudo darse cuenta de que al lado de su pelota había un hormiguero y comprendió que el aburrimiento había terminado para él.
Primero fue a la cocina y cogió un cuchillo, un palillo largo y algunos utensilios más, llenó la regadera con agua y se dispuso a divertirse.
Pedro babeaba pensado en lo que iba a disfrutar destrozando el hormiguero…
Lo primero que hizo fue echar azúcar alrededor de la boca del hormiguero para verlas salir… estaba inmerso en su experimento cuando se oyó el alboroto de sus hermanos que llegaban del colegio, guardó sus armas de tortura y entró en casa para cenar.
-“¡Qué lástima!, pensó, tendré que seguir mañana cuando haya más luz.”
Cuando la cena terminó subió a su cuarto, se puso el pijama después de una ducha y se metió en la cama a dormir mientras sus hermanos daban las buenas noches al resto de la familia.
Era media noche cuando un sueño aterrador vino a visitarle.
Pedro había caído dentro de un gran hormiguero siendo él el más pequeño. Al ver al intruso, las hormigas lo llevaron delante de la reina que cuidaba de todos los huevos. La Reina dijo:
-“Matémoslo y guardémoslo para el invierno, nacerán muchas hormigas y necesitaremos más comida que otros años”.
Pedro gritó con desesperación viendo los afilados ganchos que tenían las hormigas en su boca diciendo:
-“No podéis hacerlo, yo también soy el Rey de mi País”.
-“Tú no tienes pinta de rey”
-“Pero lo soy”, replicó Pedro con mucho miedo.
-“Está bien, lleváoslo y que trabaje. Igual nos sentaría mal si nos lo comemos: huele a envidia y maldad y ese sabor tiene que ser horrible, no nos sentaría bien.”
Las hormigas lo pusieron a construir los nuevos aposentos de las hormigas que iban a nacer para el próximo invierno y el trabajo resultaba muy duro siendo tan pequeñito, tenía que trabajar de sol a sol y solo podía comer saliendo del hormiguero y buscando su propia comida.
Los días pasaban y Pedro cada vez estaba más triste. Necesitaba ver a su madre y a su familia, quería jugar con su hermana, estudiar con sus hermanos y sentarse con papá a ver una peli… pero la hormiga reina que podía leer sus pensamientos rió diciendo:
-“Pedro;¿ por qué te pones así?, si tú no quieres a tu familia; nunca ayudas a tu madre, desordenas y ensucias toda la casa y te metes con tus hermanos porque sabes que al ser mayores no te harán nada. Deja de soñar, vivirás aquí para siempre y nos ayudaras con el hormiguero. Esta será tu vida, desde ahora en adelante te prohíbo soñar con tu familia porque ya no la tienes, has conseguido todo lo que querías. Pedro (continuó diciendo la reina), ya no tendrás que aguantar a esos hermanos que tanto te molestan, ni jugar con la pequeña princesita que tanto coraje te da, ni compartir tus juguetes ni nada. Nunca volverás”, sentencio la reina.
Pedro estaba arrepentido de su mal comportamiento y deseaba volver a casa pero estaba atrapado en ese mundo y siendo tan pequeño nunca tendría la oportunidad de volver con su familia. Comenzó a llorar, lloró amargamente, arrepentido, cuando una voz dulce como el azúcar derramado sobre el hormiguero le decía:
-“Pedro, levanta, que llegaras tarde al colegio”.
Abriendo los ojos vio a su madre y con todas las fuerzas de su cuerpo abrazó a su mamá lleno de alegría mientras prometía arreglar su cuarto y portarse muy bien con todos. Terminó su desayuno y se marchó a clase. Ese día le preguntaría a su profesor de ciencias cómo podría ayudar a las hormigas de su jardín.

Muchas veces destruimos vidas por diversión sin pararnos a pensar que por pequeño que sea su tamaño también aman, trabajan y sufren, muchas veces más que nosotros mismos.

Cuidemos la Tierra y a sus habitantes. Todos son muy importantes en el ciclo de la Vida.


Con cariño

Nati.

miércoles, 2 de junio de 2010

Historias de nuestros abuelos: Tradiciones, cuentos y costumbres de ayer y de hoy.: La Manta

Historias de nuestros abuelos: Tradiciones, cuentos y costumbres de ayer y de hoy.: La Manta

El circo ambulante


La caravana paró en un arroyo que asomaba por una arboleda cercana a la carretera, cuando comenzaron a bajarse de los vehículos, pudieron observar uno a uno los componentes de ese pequeño pero unido circo ambulante. Un maravilloso lugar que se abría a sus pasos; un arroyo de agua cristalina y fría porque venía de la montaña helada aún en primavera, árboles tupidos que les servirían de refugio durante los días que estuvieran actuando allí y que les ofrecían un espectáculo de color nunca visto, el cielo iluminaba la noche con sus brillantes estrellas y la luna llena que alumbraba todo el arroyo y sus alrededores.
El payaso Serafín pudo fijarse que junto a una roca cercana a la orilla del arroyo descansaban dos zapatillas en muy buen estado, aunque no eran de su número decidió guardarlas por si le hacían falta, eran quince en el circo y podrían servir para cualquiera. Las dejó en una bolsa al final de la caravana principal y bajó a la pradera a cenar con todos sus compañeros Esa noche todos estaban cansados, el camino había sido muy largo desde que salieron de la última ciudad y al día siguiente sería un día duro; tenían que montar toda la carpa, los trapecios, los aros, planchar los trajes, dar de comer a los animales, abrir la taquilla y hacer el pasacalles, así que sería mejor descansar aunque la noche invitaba a quedarse.
Al día siguiente todo pasó tal y como lo había pensado y al llegar la tarde todo estaba preparado para dar comienzo al bello espectáculo.
Un hombrecillo con sombrero de copa y un llamativo traje de lentejuelas con voz muy chillona comenzó diciendo:” señoras, señores, queridos niños, va a dar comienzo el gran espectáculo del circo…”
Y así, uno a uno, sus componentes fueron haciendo piruetas y malabares. Los animales más fieros del mundo parecían dóciles gracias a la pericia del domador, una preciosa bailarina se montaba en un gran elefante se apoyaba en una sola pata subido en un cubo pequeñísimo y todos en el público se quedaban sin respiración y los payasos hicieron un divertido número con caídas, bromas, canciones…
Al terminar la función se reunieron alrededor de una hoguera en la pradera para contar lo recaudado y cenar todos juntos. La noche había ido muy bien y todos estaban muy contentos, era un pueblo pequeño que por aquellos días estaba de feria y como nunca tenían la oportunidad de ver un circo habían causado sensación así que decidieron quedarse hasta que terminaran las fiestas del pueblo antes de continuar su camino para la gran ciudad.
Amaneció con un arcoíris pues sin haberse dado cuenta la noche había sido lluviosa, “ que lindo amanecer” pensaron algunos chicos que componían el circo, y decidieron dar un paseo y así conocer el pueblo, llevaban invitaciones para regalar a los niños que se encontraran por el camino y charlaban alegremente entre ellos cuando de repente vieron a un chico de unos quince años que lloraba desesperado buscando algo. Se acercó uno de los malabaristas que iba en el grupo y pudo enterarse que su padre, un herrero del pueblo, había trabajado muy duro durante largo tiempo para poder calzar a todos sus hijos y el desobedeciendo a su padre se había ido a bañar al arroyo dejándose las zapatillas olvidadas en la orilla y que alguien se las habría llevado, porque él fue rápido a buscarlas y ya no estaban en su lugar había encontrado las caravanas del circo.
Sintieron no poder ayudarle, pero ellos no habían visto las zapatillas el día que llegaron. Claro que entre el grupito de paseo no iba su compañero el payaso. Siguieron su paseo y fueron repartiendo alegría entre los chiquillos que los rodeaban a sus paso, todos se asomaban por las puertas y ventanas, nunca habían visto a los miembros de un circo tan de cerca en aquel pequeño pueblo.
Llegaron cansados a su lugar de acampada pero muy contentos y contaron a los demás las experiencias vividas y llegando la hora de la función abrieron sus puertas al gran mundo del circo lleno de fantasía e ilusiones.
Pero en las gradas faltaba un chico y el gran mago Mufus pudo darse cuenta. Terminada la función entro a desmaquillarse algo tristón y el payaso que también entro a quitarse su maquillaje le pregunto el porqué de su tristeza si el día había sido muy exitoso , no podía entender que podía ocurrirle, al contarle la historia del chico de las zapatillas, el payaso salió sin decir nada y se dirigió a la caravana principal, allí estaban las zapatillas que él mismo encontró el primer día que llegaron al arroyo, y ,para sorpresa de su compañero y amigo Mufus, se presento en la caravana y le entregó las zapatillas diciéndole: “ aquí las tienes, llévaselas a ese chico”.
Una vez terminado de arreglarse subió nuevamente al pueblo y busco al chico que muy triste limpiaba la herrería de su padre mientras todos sus amigos y hermanos disfrutaban de la última función que el circo daba en este pueblo, cuando Mufus entró a devolverle sus zapatillas el chico sonrió, pero quedo algo apenado porque no había tenido la oportunidad de ver el circo.
Durante la cena, Mufus hizo una proposición al grupo y aunque ya habían recogido la carpa, los trajes y enjaulado a todos los animales, se maquillaron y se dirigieron a la herrería donde trabajaba y vivía la familia del muchacho en unas habitaciones del fondo. Entonces el hombre del sombrero de copa y el colorido traje brillante comenzó a decir: “Chicos, chicas, bienvenidos al gran espectáculo del circo”.Y como si de un sueño se tratase pudo ver a alguno de los componentes de ese maravilloso mundo en su propio hogar.
Y es que siempre hay gente que hace con su esfuerzo que los sueños de otros se conviertan en realidad.
Con cariño para tod@s los cumplidores de sueños.
Y para la gran familia del CIRCO.
Besos
Nati

viernes, 21 de mayo de 2010

Juan y Sofía


-“¿Juegas conmigo? “, gritaba Juan desde la escalerilla de la cocina a su hermana Sofía que andaba un poco liada aquellos días entrenando para la final de la competición de pádel entre su instituto y el instituto Zurbarán de su misma ciudad.
Sofía explicaba una y otra vez a su hermano Juan que aquel partido era muy importante para ella, podría ganar por tercer año consecutivo la copa para su instituto y que una vez terminado, volverá a dedicarle todo su tiempo libre igual que antes.
-“Uff!”, pensó Juan era muy pequeño para entender cosas de mayores y bajando el último escalón salió al jardín a jugar con sus juguetes y su mascota, una tortuga llamada Manuela.
Sofía después de entrenar, jugó su partido diario de tenis y se marchó a casa a terminar las tareas de clase, tenía examen de inglés era de sus asignaturas favoritas y que dominaba bastante bien, al igual que el neerlandés ya que su padre era Holandés. Llegó la hora de irse a dormir y antes de entrar en su habitación entró en la de su hermano a rezar sus oraciones juntos, su hermano le dijo:
-” Sofía, anda, cuéntame un cuento que así dormiré mejor”. Sofía sonriendo aunque cansada comenzó a contarle un cuento pero antes de terminar se quedó dormida junto a su hermano.
Al despertar bajó como un rayo a desayunar quería llegar pronto a clase, tenía que hablar con su amiga Paula:
-“No tuve tiempo anoche de ver nuestra serie favorita ¿puedes contármela?”. Paula algo nerviosa por el examen de inglés le dijo:
-“Sofía, en el cambio de clase te doy todos los detalles”. Terminadas las clases se marchó nuevamente a entrenar para el campeonato de pádel el entrenador le dijo:
-“Sofía, nada de tenis ni de televisión ni de bailes desde hoy hasta el día de la final quiero que estés únicamente centrada en los estudios y en el pádel, todo lo demás fuera hasta nueva orden”.
Sofía que era muy activa se puso algo triste no podía imaginarse dos largos meses sin sus amigas sus partidos de tenis y lo peor, cómo explicaba a su hermano que no podría jugar tanto tiempo con él.
Estaba sentada en la habitación cuando de repente una carita asomó por la puerta para jugar con ella, Sofía lo miró y le dijo:
-“Juan ¿qué es lo que más te gusta en el mundo?”
Y su hermano contestó mientras mordisqueaba una pelotita de goma azul; “pues… jugar”. Sofía sonrió y Juan insistió; -“¿jugamos?”
-“No puedo, Juan, estoy haciendo las tareas y después tengo que descansar mañana tengo que entrenar”…así que de nuevo Juan se fue a jugar solo. Sofía lo miraba desde su habitación y entristeció pensando;-“no sé por qué le doy tanta importancia a un partido que no sirve para nada, el próximo año no volveré a Jugar”.
Esa noche no pasó por la habitación de Juan porque no salió de la suya, hasta su madre le subió algo de comer. Mientras dormía se le apareció su hada madrina que muy bajito le decía:
-“No te preocupes Sofía, tu hermano está bien, él tiene la capacidad de jugar sin la necesidad de ninguna compañía y no des por perdido tu tiempo, ese campeonato de pádel guarda una sorpresa que te hará sentir bien”…y su Hada Madrina se desvaneció en sus sueños.
Llegó el gran día, era sábado por la mañana, el sol sacó sus mejores rayos y en las gradas todos sus compañeros de institutos sus mejores amigos y como no, su hermano Juan. Sofía estaba muy feliz porque todos a los que tanto quería estaban allí. Allí estaba también su madrina Lola que más que su madrina era su Hada Madrina, así era imposible perder el partido.
Comenzó el partido, su contrincante era una niña del instituto Zurbarán que conocía muy bien y a la que siempre le tuvo aprecio. Los minutos pasaban y Sofía ganaba con gran diferencia de puntos. En un pequeño descanso mientras el entrenador le pasaba una toalla y una bebida, Sofía pudo escuchar una conversación que venía de las gradas:”… el premio en efectivo para la ganadora es muy importante y que bien le vendría a Pilar (su contrincante) ya sabes que su familia está pasando un bache económico y ese dinero les sacaría del apuro.”
Entonces miró hacia las gradas y pensó;-“si gano, todos me tendrán como una campeona y para mí no es difícil conseguirlo, tengo muchos más puntos que Pilar pero si la dejo ganar a ella sin que nadie se entere su situación económica se verá más desahogada ¿qué hago? Se preguntaba”. Entonces dieron la señal de reanudar el partido. Mientras golpeaba la pelota contra el suelo antes de lanzarla, lo vio claro, tiene que ganar ella y comenzó a dejarse ganar. Todos la animaban en el graderío, pero Sofía sabía bien lo que hacía. Al cabo de media hora cuando la señal de fin del partido hizo que las pelotas cayeran al suelo junto con las pequeñas raquetas, un silencio invadió su cabeza mientras el graderío se venía abajo con los amigos y alumnos de Pilar, un” ¿que ha podido ocurrir?” de puro asombro se veía reflejado en todos los que acompañaron a Sofía. Sólo una persona, tan solo una lo sabía.
-“No jugaré el próximo año”, dijo al entrenador secándose el sudor, “creo que ya no me motiva participar y en casa hay alguien que me espera impaciente para jugar.”
Antes de dormir, Sofía entró en la habitación de Juan y le preguntó:
-“¿juegas conmigo un ratito antes de dormir?” Juan con una sonrisa en su pequeña carita le dio un juguete a su hermana que volvió a quedarse dormida encima de su cama.
En lo más profundo de sus sueños su Hada Madrina cuidaba de ellos.

Con todo mi cariño para dos hermanos fantásticos, este cuento que espero os guste ya que es un regalo muy especial que me ha encargado para vosotros vuestra Hada Madrina Lola.
Besos Nati.


lunes, 10 de mayo de 2010

Carta de Clara

Ayer recibí carta de Clara:
“Mi Querida y añorada amiga, por motivos de trabajo me es imposible desplazarme a la casa de campo de tus abuelos pero después de mucho pensar en tu problema y de estudiar el mundo de las hadas he llegado a una conclusión; todo lo que pasa en la vida ocurre por un motivo más que justificado. No creo que no puedas ver a las Hadas porque te estés haciendo mayor ya que la edad se lleva en el corazón y en la mente, lo otro es solo cumplir años y retroceder en el calendario de la vida.
Tú siempre has conservado tu inocencia de niña, no dejes que se escape por la puerta de atrás como escapan los ladrones solo porque en esta salida no hayas podido ver ninguna, tal vez, querida amiga, no te has parado a pensar que igual ellas si te observaban.
Ocurre que cuando llevamos el corazón inquieto y un poco decepcionado, o triste, porque no aceptamos las leyes de la naturaleza, las hermanas siniestras que están siempre pendientes de nuestras horas malas aprovechan que el reloj que marca las horas en RE( las horas felices) se detiene para poder actuar…entonces extienden sus mantos negros de infinita tristeza helando el corazón de todas las personas que dejan por un solo instante la ilusión olvidada antes de salir de casa.
Bien sé que no ha sido un verano como otros, en los que todo en la casa iba a las mil maravillas, con la abuela siempre contenta tejiendo mantas de lana para el frio invierno y cocinando ricos pasteles de mermelada para las largas meriendas del verano. Refrescándonos con una limonada que el abuelo exprimía y colaba con esmero para no encontrarnos ninguna pepita y poder invitar a los vecinos que al caer la tarde pasaban a saludarlos.
Pude sentir en tu carta la tristeza por la muerte de Capitán pero deberías pensar y hacer entender a la abuela que fue el más feliz de los gatos y que ya es tiempo de darle la oportunidad a otro animalito de vivir la experiencia que tuvo la gran suerte de saborear Capitán.
Para que a la abuela le vuelva la sonrisa regálale un precioso animalito para que lo cuide como ella solo sabe hacerlo y que cuando en unos meses crezca lo suficiente puede darle la compañía que necesita cuando tú no estás con ella. (¡Qué gran idea!, pensé)
Te mando fotografías de los bosques que he visitado todo este tiempo y una pequeña historia de un hada pelirroja cosa curiosa entre las hadas ya sabes que su pelo nunca ha sido rojo menos en esta ocasión lee la historia sal al bosque y lleva en la mochila esperanza, mucha ilusión y alegría son armas infalibles contra las hermanas siniestras y no olvides la mascota de la abuela.
Cuando caiga la tarde escríbeme, a ver qué tal fue el día.
Siempre vuestra
Clara.”
Me tendí en la cama con el ventanuco entornado y comencé a leer la historia del hada pelirroja, a medida que la historia avanzaba se me dibujaba la sonrisa que hacía tiempo había perdido. Después me puse ropa cómoda y me marché al bosque. “ Nena”, me dijo la abuela antes de poder cruzar la verja del jardín;”¿ no tomas pastel y un vaso de limonada?”, pero yo ya estaba impaciente por encontrar un hada y derrotar a las hermanas siniestras. “Abuelita, guárdame un pedacito para cuando vuelva tengo que hacer algo muy importante”. “No tardes”, replico la abuela, y saltando la verja, crucé hacia el bosque y paré en el lago para poder refrescarme la cara porque el calor era insoportable a esas horas de la tarde.
Mientras lo hacía recordé unas palabras de Clara sobre las hadas de pelo naranja; que las hermanas siniestras les tienen un gran respeto y solo pueden acercarse a ellas cuando su corazón está herido o están sumidas en una gran tristeza porque estas hadas son muy especiales y difíciles de encontrar por eso su poder es infinitamente más grande que el de las otras hadas.
De repente sentí que un aire sombrío me helaba de nuevo el alma. No se han marchado, siguen aquí, qué puedo hacer si este frio me paraliza, nunca podre luchar contra ellas, jamás podré ver a mis hadas y… reculando, cabizbaja, se dispuso a retomar el camino de su casa cuando una pequeña ardilla roja llamó su atención. Había quedado atrapada en una trampa y daba vueltas en vano para liberarse de una red que algún niño que pasaba allí el verano había puesto para cazarlas. Con mucho cuidado y con el corazón lleno de un deseo enorme por liberarla comencé a hablarle despacio y en voz muy baja hasta que conseguí tranquilizarla. Entonces, cuando se quedó quieta fue fácil liberarla y como premio por el gran susto que había tenido la obsequié con una nuez que llevaba en el bolsillo, entonces la ardilla contenta y sabiéndose salvada comenzó a seguirme hasta casa, al llegar al poche le dije a mi abuela mirándola con carita de niña buena; “mira, abuela, estaba sola en el bosque y la he liberado de una trampa. Su familia se ha marchado, tenemos que quedárnosla, si la cogen otra vez no podre liberarla". Al principio la abuela era reacia a quedarse con la ardillita pero tenía una cara tan dulce y temblaba tanto que la acurrucó en su regazo y se quedo felizmente dormida,
“Haremos una cosa”, dijo la abuela,” no la meteremos en ninguna jaula y cuando ella sienta la necesidad de marcharse con su familia podrá hacerlo libremente. Solo con esta condición cuidaré de ella”.
“ Muy bien, abuela, se hará como tú quieras”.
El corazón de la abuela comenzó a brillar de nuevo y la ardilla la acompañaba allí donde iba.
No desistí y al día siguiente volví al bosque sintiendo que con el corazón alegre seguro que podría echar a las hermanas siniestras y volver a ver a mis hadas. Al llegar al lago a refrescarme la cara pude sentir un viento cálido y una brisa de hierbas silvestres que perfumaron el bosque. Miles de flores de colores se abrieron a su paso y tuve la certeza de que había derrotado a las hermanas pero no conseguí ver ningún hada y me marché a casa pensando que ya era demasiado mayor para visualizarlas y me quedé adormilada en el cuarto, cuando de repente, una voz en sueños le decía
“… pequeña, tu corazón nunca crecerá,¿ no te has fijado en el agua del lago que tu reflejo es el de un hada?
Entonces seguí durmiendo feliz con ese sueño tan placentero y al día siguiente al levantarme mientras peinaba mi larga melena pelirroja encontré al lado del peine una pequeña varita de las que utilizan las hadas.
A veces buscamos y buscamos fuera de nosotros lo que ya habita dentro.

jueves, 29 de abril de 2010

La Manta


Empezaba la jornada como cada día, cansado, pues los niños no lo habían dejado dormir bien para la dura tarea que tenía por delante. Pero él sonreía de felicidad al saber que el trabajo que realizaría esa larga jornada era para que sus cinco hijos estuvieran bien atendidos y alimentados.
Cuando concluyó la mañana y sonaron las sirenas de la fábrica de cementos, Manuel limpió el sudor de su frente y recordó que era la hora de comer y que se sentaría a la mesa con su mujer y sus hijos. El cansancio de de toda la jornada lo dio un día más como bien empleado.
Canturreaba en voz muy baja una vieja melodía de una película que su esposa y él fueron a ver una noche de verano al cine del pueblo y cuando cruzaba la esquina justo antes de entrar en casa silbaba más fuerte para que los niños salieran a saludarle. Todos corrían rodeando a su padre menos el más pequeño que su esposa sacaba en brazos para saludar a Manuel que venía cansado pero feliz.
Una vez terminada la comida, Manuel descansaba un poco en el sillón para retomar el turno de tarde, eran muchas bocas que alimentar y Mercedes, su mujer, con el más pequeño siempre encima, se marchaba a la rivera para lavar la ropa de tantos como eran en casa mientras los demás la acompañaban y jugueteaban a su alrededor.
Así pasaron inviernos y veranos primaveras y otoños.
Los chicos fueron creciendo y haciendo su vida…su compañera del alma una noche durmió para siempre y Manuel vio sus años pasar algo más solo cada vez. Hasta que una fría mañana de invierno su hijo el pequeño le dijo: “Padre, móntese en la mula que vamos de viaje, no se preocupe por el equipaje que ya se lo ha hecho mi mujer”.
“Tenga Usted esta manta, que el camino al asilo es larga y hace frío, no vaya a resfriarse”. Entonces el viejo Manuel sacó su navaja del bolsillo y comenzó a partir la manta en dos.
-“¿Qué hace Usted, padre?, no hace falta que la parta, yo soy joven y no la necesito”.
-“No, hijo mío”, su padre, “es para que guardes esta mitad de la manta, para el día que también tu hijo te lleve al asilo”

Cuantas gotas de sudor y sonrisas de todos los Manueles de la vida quedaron encerradas en esa vieja fábrica mezclada en el cemento de las casas de tantos hijos que dan a sus padres como recompensa una vieja y partida manta???
A todos los Abuelos, Padres, hijos, nietos…. De tantos hombres que se arroparon un día y se siguen arropando con las mantas del silencio y el miedo por la ingratitud de aquellos a quienes tanto quisieron.

Con todo mi cariño para el blog "Las historias de mis abuelos"

lunes, 26 de abril de 2010

Siempre te voy a soñar


Subíamos las vigas de cemento por un viejo puente de madera, en una calurosa mañana de Julio, éramos una larga fila de amigos que jamás nos habíamos visto hasta ese Campo de trabajo, todos coincidimos en el campamento y estoy segura ahora que lo miro con distancia que la vida desde el momento de nuestro nacimiento, tenía pensado para nosotras juntarnos en este punto de nuestras VIDAS (siempre he pensado el destino es juguetón).
El campamento ajeno a lo que iba a ocurrir entre nosotras seguía su curso como todos los veranos.
Las hadas del tiempo y de la Amistad juntaron toda su magia hasta que en la merienda de aquella tarde nos conocimos, fue desde el primer día una amistad como jamás habíamos sentido hasta ese instante.
Mi amiga vivía casualmente en mi misma ciudad y eso hizo que nuestra amistad fuese cada vez más solida. Crecíamos juntas éramos cómplices de todas nuestras vivencias y compartíamos muchas aficiones, jamás nos sentimos solas, siempre nos teníamos la una a la otra, cuando venían malos tiempos para mí, mi amiga secaba mis lagrimas con su pañuelo de cariño infinito y hasta que en mi cara no quedaba dibujada una sonrisa escrita con E, no se marchaba a su casa.
Seguíamos creciendo entre pesados libros de instituto y juegos de niñas. Cuantas veces nos enamoramos de la persona equivocada, y sufrimos los desengaños del príncipe que cuando se quitaba el traje de sueños que nosotras tejíamos tarde a tarde y noche a noche, su color no era Azul ni celeste siquiera.
Pero llegó el día que las dos besamos al sapo y se convirtió en hombre si no perfecto se acercaba a lo que un día soñamos.
Construimos nuestros nidos y crecieron pequeños brotes de ilusión, no teníamos tanto tiempo para compartir pero sabíamos
Bien… que estábamos siempre ahí, nuestros pequeños brotes crecían y nuestra amistad ya estaba sellada con un lacre de por siempre jamás que las más grandes ventiscas podían deteriorar. Juntas seguimos andando el camino por veredas distintas pero estaciones que se unían en el trayecto de la vida.
Una vez más las hadas hicieron de las suyas y nos volvieron a juntar. Que felices éramos, pero la felicidad se torno gris, un velo de infinita tristeza llamó a mí puerta y trajo aires de amarguras, mi amiga estaba enferma con una enfermedad que no pudieron parar ni nuestras Hadas protectoras, ella no perdió su sonrisa, ni las ganas de vivir, jugaba con sus niños y nos llenaba de ilusiones con su tierna sonrisa que iluminaba su cara. Jamás se rindió, ni perdió la esperanza.
Pero una bonita y despejada mañana un Ángel desplego sus alas blancas y con un abrazo de nubes se la llevó meciéndola en sus alas. Todo quedó en silencio mí Amiga ya no estaba.
Sé en lo más profundo de mí ser que un día la volveré a ver, me lo han dicho las hadas.
Mientras lloro su falta y la sueño, sueño siempre su mirada.
A mí Amiga del alma.

domingo, 18 de abril de 2010

Carta a Clara


Querida amiga Clara; hace tiempo salí a buscar de nuevo mis preciosas hadas, o al menos sus pequeños rastros, pero las cosas no ocurrieron tal y como yo había pensado. Llevaba todo el material que me enviaste y creí que con tanto instrumental, tan sabiamente utilizado tendría alguna ventaja, pero no hubo suerte. Ni sus pequeñas huellas, ni una muesca en los troncos de los viejos robles conseguí visualizar, a pesar de llevar la lupa que tú utilizaste en tus descubrimientos.
Así pasaron días y noches sin conseguir ver nada. La abuela me da ánimos para que siga pero yo, mi querida Clara, creo que me estoy haciendo mayor para verlas y por mucho que me esfuerce no conseguiré encontrar ninguna, por más que me lo proponga.
Decidida ya ha enviarte el relato de mi desilusión ocurrió algo inesperado que hizo que la carta quedara sin terminar encima del viejo escritorio de mi habitación.
Capitán, el gato de la abuela, llevaba días sin encontrarse bien, había perdido el apetito y la abuela pensó llamar a don Matías, el veterinario del pueblo, que antes de poder concluir mi carta llamó a la puerta con su sombrero de fieltro gris y su gran maletín negro. Una vez acomodado en el salón, dónde tejía mi abuela, empezó a examinar a Capitán. Su cara no daba señales de nada ¡Qué poco expresivo es este Señor, pensé!
Concluida la exploración se dirigió a mi abuela mientras se lavaba las manos en una jofaina con mucho afán diciendo: “Señora, son malos tiempos para este viejo gato, creo que mucho no ha de acompañarla. Es ya muy mayor y se ha negado a vivir. Lo lamento mucho, queden en paz”. Y sin más, cogió su sombrero y su maletín y se marchó.
Mi abuela quedó sumida a una gran tristeza y mirándome fijamente me dijo: “nena, tenemos que hacer todo lo imposible para que Capitán vuelva a ser feliz aunque sean sus últimos días de vida”. Yo asentí con la cabeza y ella puso a Capitán sobre su regazo, meciéndolo a la vez que tatareaba una vieja canción, eso me hizo pensar y sin instrumental alguno me fui al lago.
Pasaron unos instantes cuando un manto de tristeza me envolvió por completo dejándome heladas las manos y el corazón.
Querida Clara, había dado con unos seres bellísimos pero su sonrisa resultaba escalofriante y fui corriendo a casa. Busqué en los dibujos de las hadas, tanto en los tuyos como en los míos, y ninguno se parecía a ellas. Y con el corazón impregnado de tristeza comencé a dibujarlas con sus mantos negros. No tenían pies ni manos, eran etéreas, pero todo a su paso se tornaba oscuro y frío.
Hablé con mi abuela y le enseñé mis dibujos, ella me explicó que había encontrado a las hermanas siniestras que con su velo de infinita tristeza empañan los corazones y los envuelven en una niebla pegajosa difícil de limpiar. En ese mismo instante lo comprendí todo ¡no era yo! La que no podía ver a la hadas, eran las hermanas siniestras la que me impedían verlas, tenía que luchar contra ese manto de infinita tristeza o jamás volvería a verlas.
Finalmente, mi querida Clara, Capitán, que era muy viejito, falleció y la abuela se ha quedado muy triste. En la casa todo sigue su rutina pero con un silencio que corta la respiración.
Es por este motivo que te pido ayuda para luchar contra las hermanas siniestras, siento que en esta ocasión no recibas buenas noticias.
Siempre tuya.
Nati

P.D.
No tardes en contestar y si te es posible ven a visitarnos, tu bondad y tu aire fresco seguro que las obligará a marcharse del lago, pero no olvides de meter toda tu alegría, tu inocencia y tu esperanza en el equipaje.

miércoles, 7 de abril de 2010

La pulguita bailarina



Había una pulguita que soñaba con tener un bonito vestido de bailarina, soñaba con una imaginación muy pequeñita, una imaginación de pulga, bailando con unas zapatillas rosas y un tutú del mismo color. Claro que el problema era más grande que ella “pocas cosas eran más pequeñas”… ¿quién podría hacerle un traje tan pequeñito? ¿Y quién le tomaría medidas si no podía estarse quieta porque su naturaleza se lo impedía? Como no podía comunicarse con nadie del mundo grande (así es como ella nos llamaba) pensó en pedir ayuda silenciosa, cuando todas las personas estuvieran dormidas para que alguien de corazón blanco y amigo del País de las nubes de mermelada escuchara su deseo silencioso de pulga.
Cuando llegó la noche la plegaria de nuestra amiga la pulguita se coló en los sueños de los grandes y al despertar resultó que muchos habían escuchado a la pulguita bailarina y decidieron ponerse en contacto con ella de la única manera que puede hacerse desde nuestro mundo; a través de las hadas del tiempo. Nuestra amiga la pulga se puso muy contenta con el mensaje del hada y comenzó a frotarse las patitas pensando en su maravilloso traje.
Lógicamente se trataba de un trabajo para miniaturistas, porque eran los únicos humanos acostumbrados a trabajar con unas medidas tan pequeñas, pero…cómo tomarle medidas, si era incapaz de estarse quieta ni un solo momento. Pidieron ayuda a todos los habitantes del mundo de la fantasía: los elfos, las citruéñigos azules, los duendes y todos los que tenían el corazón blanco, hasta los seguidores del blog de “los cuentos de Nati”, a pesar de estar muy atareados con otras cosas, sacaron tiempo para ayudar a la pulguita y encontraron una pócima que impregnando su cuerpo diminuto la hacía quedarse quieta el tiempo suficiente para que los miniaturistas tomaran medidas y pudiesen confeccionar su deseo. Claro que cuando la pulguita pudo moverse no recordaba nada de lo sucedido y todos guardaron el secreto para darle una gran sorpresa.
Con una paciencia infinita comenzaron a confeccionar el tutú, el maillot, las medias, las zapatillas y un precioso detalle para su cabecita y con el corazón rebosante de cariño lo dejaron al pie de la manta del perro de la casa, que era su lugar favorito. ..
Aquella tarde, cuando la pulguita terminó de saltar por toda la casa, llegó a su lugar favorito y encontró aquel maravilloso regalo. Entonces lloró de emoción (y aquella emoción fue compartida por todos los seres mágicos y los que creen en ellos). Se puso el traje y ató las zapatillas a sus piernitas, entonces se sintió la bailarina más bella del mundo…y desde ese momento no ha parado de bailar. (Por supuesto en un teatro a escala que le hicieron los propios miniaturistas, algo que agradecerán eternamente los perros de los alrededores, porque desde aquel día, las amigas de nuestra pulguita se reúnen allí cada tarde para ver la función y dejaron de molestarlos.
Muchas gracias a todos los seguidores y amigos de mi blog, a los que se quedan, a los que pasan, a los que comentan y a los que, como yo creen en las hadas y en las pulgas que nos hablan mientras dormimos.
Con todo mi cariño
Nati

martes, 30 de marzo de 2010

El verano Mágico


Os contaré una historia sobre mis amigas las hadas; cuando yo tenía cinco años tuve mi primer encuentro con ellas, era verano y yo paseaba por el bosque que había detrás de la casa de mi abuela cuando pude descubrirlas en los árboles, concretamente en un roble muy anciano. Los robles tienen unas ramas muy gruesas y a las hadas les encantan para columpiarse.
Llevaban a modo de sombrero un pequeño fruto de color rojo y sus mangas simulaban hojas en tonos verdes y dorados para camuflarse. Siempre estaban jugando y tirando frutos a los caminantes, pero yo guardaba silencio para poder escuchar sus pequeñas carcajadas. Deliberadamente dejaban pequeñas muescas en los troncos de los árboles para que las otras hadas supieran que estaban allí. Mi amiga Clara, mi mejor amiga de la infancia, no pudo pasar aquel verano conmigo porque estuvo enferma pero yo dedicaba cada día un buen rato para dibujarle una a una las hadas que iba encontrando y así ella pudiera ser partícipe de aquel verano mágico.
En otra ocasión, mientras observaba atentamente una ladera llena de flores pude descubrir las hadas de las flores, todas llenas de pétalos, moviéndose tan rápido que apenas podía distinguirlas, pero dejando un rastro de pequeñas huellas para que el resto de las hadas pudieran seguirlas…cuando distinguí entre ellas al hada amapola me fui corriendo a casa para dibujarla.
Junto al lago, puse los cinco sentidos para poder encontrar las maravillosas hadas acuáticas pero solo pude distinguir el polvo de hadas que habían dejado. Realmente emocionada por mis descubrimientos al llegar a casa se lo conté a mi abuela, ella no se sorprendió, había vivido junto al bosque toda la vida, pero me aconsejó que como costumbre, al terminar la merienda dejase siempre unas miguitas en el plato porque no hay cosa que les guste más a las hadas que los pedazitos de tarta.
Así fue transcurriendo el verano, dibujando hadas, dejando miguitas en el plato que misteriosamente desaparecían… pero en Septiembre regresé a la vida normal.


Años más tarde, cuando volví a pasar una larga temporada con mi abuela me reencontré con mi vieja habitación y los dibujos que había hecho sobre las hadas y aquella noche salí a buscarlas, me parecía increible haber olvidado durante tanto tiempo aquella experiencia Al principio solo pude distinguir las estrellas y la luna inmensa sobre las copas de los árboles, pero aguardé en silencio y algo diminuto, muy parecido a una luciérnaga se acercó peligrosamente a mi cara…mi primera reacción fue darle un manotazo, pero enseguida comprendí que se trataba de un hada nocturna de las que reflejan la luz de las estrellas de un lado a otro. Esa misma noche volví a escribir a Clara para contarle que la magia había regresado a mi vida.
En poco tiempo recibí un paquete de parte de Clara en la vieja oficina de correos, con una nota que decía:
“Recuerdo el verano en el que me hablaste de tus hadas por primera vez, tus dibujos fueron un alivio en mi enfermedad y con el tiempo yo también logré verlas, pero ahora creo que me estoy haciendo mayor porque no consigo distinguirlas entre las hojas de los robles, ni entre las amapolas del campo. Te mando mis herramientas de búsqueda para devolverte el favor que un día me hiciste.
Tu amiga:
Clara "
Junto a la nota me envió su lupa, dibujos que hizo de las diferentes huellas de hadas que se pueden encontrar, un frasco con agua del pantano en el que suelen revolotear y pequeñas ramitas y hojas para que recordara sus colores y sus camuflajes.
Así que, aquí sigo buscando hadas. Incluso mi amiga Clara ha retomado la búsqueda, así que, si crees en ellas y observas en silencio y despacio a tu alrededor estoy segura que las verás.

miércoles, 24 de marzo de 2010

¡ YA ! somos 400 AMIGOS.

Se está acercando un día de Abril,
se acerca un tiempo de conejos,
se acerca un pájaro veloz,
y a mí me escarba la ansiedad,
me escarba hondo acá en lo Blando.
Se está acercando un día Feliz,
como un barco tras sus meses.

GRACIAS A TODOS POR HACERLO POSIBLE
OS LLEVO ACÁ EN LO BLANDO.
SOIS MI ORGULLO.
QUIERO MENCIONAR
MUY ESPECIALMENTE A MI HIJO JAVIER,
Y A MI MARIDO JAVI,
Siempre están a mi lado
compartiendo tiempos de conejos
hacia finales de NOVIEMBRE.
Besos y Flores para llenar nuestra horas
Magia y Colores que nunca digan que estás sola.

Simplemente Nati,

La Botica de la Felicidad.


Cuenta la leyenda que...
Cierto día apareció un hombre, venía pidiendo un remedio para su hijo que estaba en la oscuridad, y en esta botica se le dió un frasquito lleno de luz...
Otro día vino una mujer, venía pidiendo un remedio para cicatrizar las heridas de su hijo y en esta botica se le dió un ungüento de amor...
Al cabo del tiempo apareció un hijo, venía pidiendo un remedio para sus padres que estaban cansados y con pocas fuerzas y en esta botica se le dio unas píldoras de cariño y comprensión...
Al poco tiempo apareció un niño por la puerta de esta botica, traía un paquete, al abrirlo había un hermoso regalo de gratitud.
Esto es un homenaje a todas las boticarias, boticarios, mancebas, mancebos, pacientes, clientes y amigos pasados, presentes, futuros, que han tenido el bien de pasar por esta Botica.
Homenaje a mi botica y sus trabajadores.

viernes, 19 de marzo de 2010

HOY CUMPLE MI BLOG 300 SEGIDORES

HOY A LAS 3-30 DE LA MADRUGADA CUMPLE MI BLOG SUS 300 SEGIDORES
Y ESTOY MUY CONTENTA, CUANDO ESTE PROTECTO ERA ESO UN PROYECTO, NUNCA PENSÉ QUE TENDRIA TANTOS AMIGOS Y BUENOS AMIGOS.
GRACIAS A TODOS Y CADA UNO DE ELLOS POR COMPARTIR CONMIGO ESTE SUEÑO
HECHO REALIDAD.
ESTA BELLA FLOR OS LA DEDICO CON MUCHO AMOR. ES TRANSPARENTE COMO MIS CUENTOS Y FRESQUITA COMO LAS IDEAS QUE SALEN DE MI CABEZA PARA COMPARTIRLAS CON TODOS Y CADA UNO DE VOSOTROS.
OS QUIERO UN MONTÓN Y ESPERO QUE SIGAMOS HACIENDO ESTE CAMINO JUNTOS.
BESOS DESDE EL ALMA nATI.

martes, 16 de marzo de 2010

La biblioteca de la imaginación


En el país del Mas Acá la biblioteca de la imaginación estaba ubicada en un edificio con forma de lapicero. Al entrar se percibía un suave olor a polvo de talco, porque en esta biblioteca los libros eran creados por la inocencia y la magia de los bebés. las páginas de sus libros son tiernas y risueñas, incluso en alguna ocasión se pueden encontrar en ellas pequeños charquitos de leche, y se ha escuchado algún que otro hipo infantil...lo que molesta enormemente a su bibliotecaria, alquien mayor del país del Mas Allá, con la inocencia perdida.En esta biblioteca tenían un gran problema; las hojas de los libros aparecían siempre dobladas, causandoles un enorme dolor a los pobrecitos, porque los bebés no sabían qué hacer para señalar su lectura sin dañar las hojas...hasta que un día el Hada Beatriz visitó la biblioteca del país del Mas Acá cargada con preciosos marca páginas y solucionó para siempre su problema. Ahora todos los libros sonríen aliviados con su regalo

sábado, 6 de marzo de 2010

La importancia de llamarse Pérez

Para celebrar que ya tengo 200 seguidores he decidido subir otro video-cuento, porque hace ya tiempo que no subía ninguno. Es un cuento muy especial ya que he contado con la colaboración de Antonio Javier Calero, guitarrista con talento y músico excepcional que ha hecho, por así decirlo, la banda sonora; una composición para guitarra española que él mismo interpreta.

Os animo a visitar su espacio donde vive el arte grande y compartido.

http://www.myspace.com/antoniojcalero